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Hermanos: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.
El cielo proclama la gloria de Dios, / el firmamento pregona la obra de sus manos: / el día al día le pasa el mensaje, / la noche a la noche se lo susurra. R.
Sin que hablen, sin que pronuncien, / sin que resuene su voz, / a toda la tierra alcanza su pregón / y hasta los límites del orbe su lenguaje. R.
En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme." Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: "¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús lo oyó y dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores."
San Mateo, apóstol y evangelista
PENSAMIENTO
"La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre"
San Agustín
El poder de la oración
Hay un verdadero dinamismo del deseo que sostiene toda la vida de oración y que se expresa en primer lugar con el grito y la invocación. Para orar en verdad y con todo nuestro ser, no podemos evitar pasar allí donde nos espera la única fuente de la oración: es decir, nuestra herida en el costado o nuestro aguijón en la carne. El que ha descubierto su angustia más secreta y su debilidad más oculta, como una perla preciosa digna de todas las búsquedas, ha descubierto al mismo tiempo la fuente de la verdadera oración.
Este camino llega necesariamente a nuestra pobreza radical, a ese lugar donde resuena en nosotros "el grito primordial de nuestros orígenes carnales" (dom A. Louf, abad cisterciense). En este sentido, la oración no se encuentra al final de una reflexión o de un sentimiento, sino que brota de lo más profundo de nuestro ser, como un grito.
Un místico musulmán dice que la vida del hombre comienza con el grito visceral del niño que grita su angustia al salir del seno materno, y conquista la vida acariciando la muerte. Y agrega que en el otro extremo de su existencia, acaba su recorrido terrestre con un último grito, que exhala su último soplo de vida.
En los momentos de los grandes dolores o de las grandes alegrías, en el corazón de las crisis más dolorosas, las vibraciones de ese grito repercuten en su cuerpo y en su corazón. Lamentablemente vivimos en una civilización que nos ha enseñado a ahogar nuestras lágrimas, en la que uno no se atreve a gritar, y, tal vez, por eso hay tanta violencia en la actualidad. Dichoso el hombre que se atreve a gritar su sufrimiento a sus hermanos y que se atreve a aullar, como Job, ante Dios. El vivirá mucho tiempo gritando, y orará también gritando.
Para liberar ese grito basta -sigue diciendo André Louf- estar un poco a la escucha de sí mismo para detectar alguna cosa de ese grito primordial del cual ciertas vibraciones repercuten en el campo de nuestra conciencia. No hace falta ir a buscar ese grito muy lejos, porque aflora un poco por todas partes en las circunstancias más humildes de nuestra vida.
Esos gritos y suspiros son ecos muy débiles de un malestar más profundo. ¿Quién sospecha que el aflorar de la tristeza, derramada en el inconciente, puede traicionar al exterior la aspiración más profunda de ese corazón?
Es preciso reconocer que no hemos sido formados para acoger esos movimientos. Más bien nos han enseñado a reprimirlos o a rechazarlos, y eso provoca, sin duda alguna el desaliento y la inquietud. ¿Acaso no es más prudente aceptarse con dulzura y humor, aceptar esos movimientos bruscos en su trivialidad y en su mezquindad, y contarlos a nosotros mismos? Si sabemos expresarlos en el plan del lenguaje, ellos sacrificarán la tensión interior y nosotros nos relajaremos. Entonces podremos desahogar este dolor humilde, muy dulcemente, delante del Señor.
Lo mismo acontece con los sufrimientos más fuertes, las pruebas más dolorosas y las grandes tentaciones que nos revelan heridas más radicales. Nos afectan ellas en tal profundidad que arrancan de nuestras entrañas unos gritos que se parecen a las blasfemias de Job. En ciertos momentos, el grito es tan doloroso que oscurece la imagen de Dios, ante el cual se expresa...
En los salmos, Dios como que ha inventado esos gritos y los ha colocado a nuestra disposición para permitirnos que le gritemos el escándalo de nuestro sufrimiento. Pero es necesario fortalecer sin cesar el grito de nuestras oraciones, y pasarlas por la criba de la Palabra de Dios, para que Él las purifique y distinga en ellas el grito profundo en medio de los ruidos superficiales que lo rodean.
Sálvame, oh Dios, porque las aguas me han llegado hasta el cuello (Salmo 68,2)