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14 septiembre 2009 1 14 /09 /septiembre /2009 21:56
Una noche, como cualquier otra, soñé que estaba en un desierto solitario y oscuro. Al ver que me encontraba completamente solo me di cuenta que había una pequeña luz en el horizonte, en ese momento decidí caminar hacia ella para ver qué hallaba.

Empecé a caminar y cada vez que recorría una cantidad de metros me encontraba siempre con pequeños y grandes obstáculos que, al lograr sobrepasarlos, permitían que mi cuerpo y mi alma se desgastaran poco a poco.

Luego de mucho caminar, me sentí completamente vencido al no tener fuerzas para poder cumplir mi meta, llegar a esa hermosa luz. Muy cansado, me recosté en el frío suelo y por mi mente empezaron a desfilar recuerdos de mi vida, imágenes de personas muy queridas y especiales para mí que siempre me aconsejaron no rendirme por muy difícil que fueran los obstáculos.

Esos bellos recuerdos de mi vida hicieron que me levantara con mucho más ánimo que antes, con la fuerza necesaria para seguir emprendiendo mi camino y cumplir con mi anhelado objetivo, alcanzar esa grandiosa luz.

Seguí caminando, cada vez más y más me acercaba, en pocos instantes ya podía observar mucho más cerca ese bello resplandor por el cual había iniciado un largo y difícil camino.

Di mis últimos pasos y pude ver que aquella luz era emitida por un hombre, me asusté mucho, pero al mismo tiempo sentí una tranquilidad inmensa, una paz que hacía mucho tiempo no percibía. Me acerqué hacia aquel hombre, mi corazón latía rápidamente, en ese mismo instante Él me extendió su mano y dijo con una voz suave:

-Yo soy tu amigo, confía en mí.

En ese mismo momento comprendí que ese hombre era Jesús, mi salvador y con mis últimas fuerzas me abalancé sobre Él y lo abracé al mismo tiempo que un sentimiento de alegría y descanso se apoderaba de mí y empecé a llorar por varios minutos.

Me desperté con los ojos llorosos y entendí muy bien el mensaje que nuestro Señor Jesucristo me transmitía a través de mi sueño. Él siempre nos dará ánimo para seguir adelante y nos levantará con mucha más fortaleza para no dejarnos vencer.

Él nos acompañará en todo momento como se lo prometió a sus apóstoles: “Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo".




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